Mirando al futuro: De aquí a cuarenta años

04/01/2018
Mirando al futuro: De aquí a cuarenta años

Resumir o recordar lo acontecido en nuestro sector en los últimos cuarenta años es, generalmente, un ejercicio ordenado de recopilación de datos y de revisión de resúmenes de prensa, revistas y recuerdos; pero, sobre todo (al menos a mí juicio), de conocimiento del carácter y del trabajo diario de quienes protagonizaron ese tiempo; de los hombres y mujeres que llevaron las riendas de las empresas y de quienes pasaron por los ministerios afirmando ser responsables de la “política”.

Manuel Carlón López. Subdirector de La Serrana Zarzalejo

 

Son todos ellos y todas ellas, para bien o para mal, quienes han venido dibujando lo que hoy conocemos. Personas que están en la memoria de todos nosotros. Porque somos las personas quienes, salvo circunstancias catastróficas, hacemos y deshacemos las empresas y quienes tomamos las decisiones que determinan cada coyuntura y somos las personas quienes vamos configurando la parte del camino diario sobre el que vamos pasando todos. Cada uno de esos protagonistas, grandes o pequeños, de nuestro sector, tal parece que llevan una especie de invisible vector vital, y es el sumatorio de esos vectores el que mueve y fuerza cada momento, esa resultante que, finalmente, traza los paisajes que se nos van presentando a lo largo del tiempo. Hace cuarenta años, cuando corría el 1978, en nuestro sector ya existía un camino creado a base de trabajo, de ilusiones y de afanes; de servicio y de astucia. Ahora, hemos vivido otros cuarenta años, nada menos que cuarenta, y esta humilde revista ILE viene contando, desde entonces, las historias de nuestro sector, las preocupaciones de nuestro sector, los éxitos de nuestro sector, la tecnología y los avances de nuestro sector. Y, por eso, desde ILE, agradecemos también enormemente el esfuerzo de quienes han publicitado nuestras revistas. De aquellos que nos han echado una mano para mantener este canal de información de la industria de envasado y transformación de leche, motor del sector en sí. ¡Muchas gracias!

Hasta aquí hemos llegado después de cuarenta años de ILE. ¿Es mejor o es peor la situación de nuestro sector lácteo después de estos cuatro decenios? ¿Respecto a qué o a quienes? Resulta evidente que cada uno de nosotros ve la feria según le va en ella, y hemos visto de todo en estos años de ILE. Como afirma el dicho palentino, “bajan los sillones y suben los taburetes”, y hemos vivido durante este largo espacio de tiempo cómo han bajado muchos sillones y han subido muchos taburetes. Pero, si algo ha mejorado en España, entre otras muchas cosas, ha sido su nivel de vida y su alimentación. Aquí, en España, todos y todas nos pasamos el día quejándonos, pero nuestras expectativas de vida son de las mayores de Europa y del mundo, y para que esto haya sido posible, han sido imprescindibles una excelente sanidad y una magnífica alimentación. La impresionante capacidad tecnológica alcanzada, el crecimiento económico conseguido y la preparación técnica de nuestro país es cada vez mayor, empujada por nuestra integración en la Unión Europea y por unas comunicaciones que han mejorado increíblemente nuestras carreteras, nuestros aeropuertos, nuestros trenes y nuestros puertos, España ha ido bien. Siempre hay pesimistas desesperados y acomplejados irredentos; pero basta que aquellos con más años echemos un recuerdo atrás, o que los más jóvenes estudien lo ocurrido, para saber que nuestro país, y nuestro sector, han ido mejorando claramente. ¿Podían haberse hecho mejor las cosas? Sin duda; pero el balance, aún con críticas, es positivo.

Siendo cierto que la política permite que un indocumentado llegue a ostentar cargos de responsabilidad, también es preciso reconocer que hay políticos capaces y en condiciones de entender lo complejo de nuestra forma de ser; aunque, por unas razones o por otras, España, con diecisiete autonomías y un exceso de administraciones ineficientes, no ha sido nunca capaz de recortar el ingente número de diputaciones, ayuntamientos, parlamentos, asambleas y demás estamentos que nadie recordaría si se eliminasen. El PSOE tuvo un plan y no se atrevió a llevarlo a cabo. Mucho debate en la prensa, mucho chau-chau y nada más. Una administración ineficiente es un lastre muy serio para todos; y, aun así, el balance es positivo, salvo en un aspecto: la carencia de planes. No hay planes de futuro para casi nada. La existencia de diecisiete comunidades autónomas, de un gobierno central y otro comunitario impide la coherencia y la fijación de objetivos en educación, en sanidad, en productividad, en pensiones, en protección a la familia... Y en el sector lácteo. No hay objetivos. No se sabe qué queremos ser de mayores.

¿Qué va a pasar de aquí a otros cuarenta años? Pues, para empezar, la mayoría de nosotros ya no estaremos en este mundo, con lo cual, aquello de “el que venga detrás que arree” podría ser una contestación comprensible a una tan atrevida pregunta, y por otra, “el futuro está por escribir” es otra verdad como un templo; así que haremos un ejercicio de proyección meramente imaginativo que, al menos, sirva de reflexión, aunque sin rigor alguno.

Tal parece que esto de las modas alimentarias irá a más en los países ricos. Las nuevas religiones serán las modas. Modas en la post-verdad. A pesar de que en los cuarenta años próximos veremos crecer la comunicación informática, la nanotecnología, lo virtual, el grafeno, la robótica... es decir, la tecnología en general hasta límites inimaginables, parece que lo de comer no tiene alternativas. Los ordenadores no crean pan, pero sí que tienen el poder de cambiar criterios, de crear modas. Las modas en la alimentación serán exponenciales, la nueva religión vegana, unida a la tendencia animalista de los países ricos, estará cada vez más atendida por políticos que irán contra cualquier daño a los animales. Hace unos pocos años, ibas a un ambulatorio y un cartel rezaba “fumar mata”; al cabo de cinco años, se sustituyó ese cartel por otro que ponía “la sal mata”, y ahora colgarán uno más que sustituya al anterior donde clamarán “el azúcar mata”. Sobre la base de que, con el tiempo, es el tiempo el que nos mata, esta sucesión de carteles nos da una idea de por dónde van a venir los consejos: querrán que muramos con una salud de hierro. Son mensajes y criterios que calan en la población porque están encaminados a la salud de cada uno. Y esa preocupación crece exponencialmente. Si se matan los hombres en otros países, o las guerras de religión se incrementan, no importará mientras no les afecte personalmente a los consumidores. Pero la forma de comer deberá de ser sostenible, realmente sostenible, y respetuosa con el dolor animal. Y alimentación y salud irán rígidamente unidos: salud - sostenibilidad ambiental - salud. Siempre que haya dinero para mantener esto, evidentemente. No al gasoil, no a los plásticos, no al deterioro del medio ambiente. El “ buenismo” desde la comodidad del sofá. Pero el coste de ese esfuerzo, o bien se repercute al consumidor, o bien lo compensa el erario público.

Parece evidente que, en el caso de la ganadería, será la PAC la que tenga que financiar, exigiendo el cumplimiento de manejos diferentes. Y si van retirando las ayudas PAC, los precios deberán subir en origen o no quedará nadie. Está muy bien lo de la ganadería de pasto, lo bucólico, el bienestar animal, la ecología, pero hay que compensarlo porque, dada la edad media de los productores, o se desarrollan robots ganaderos, o aquí sólo quedarán grandes granjas con las que será difícil convencer al consumidor que son sostenibles y a la moda del risueño campo de pasto y paisaje bucólico que tendrán en el imaginario los consumidores.

Así pues, de forma parecida a Italia, en España debería (y recalco lo de debería) crecer la comercialización de leche fresca de verdad. Basta ir a Italia para comprobar la calidad de sus cafés latte, la calidad de la leche líquida que venden. Y deberían de ser grupos envasadores más pequeños los que la comercialicen. La tecnología será global, y la alimentación sería local, siempre –repito– que se mantenga el poder adquisitivo. Aquí en España se perdió ese posible “localismo industrial agroalimentario” en aras al brick y se dejó a las grandes superficies que controlasen muchos productos lácteos. Hemos dejado, en estos cuarenta años, que las grandes superficies sean las que manden y ellas serán las que cambien los criterios, dada la velocidad a la que adaptan sus productos a la sensibilidad de sus consumidores. Y seguirán, aquí en España, ostentando el poder. Las grandes superficies han optado por vender más y más barato, y no hay dinero para repartir en esa cadena de la que se habla. Se critica a las grandes empresas de distribución que tienden a degradar ciertas referencias en su afán de abaratar hasta lo imposible los PVP de sus balizajes. En los próximos cuarenta años, si el poder adquisitivo español mantiene su crecimiento, la leche líquida, sea fresca o UHT, seguirá comercializada por estas grandes superficies. Algunas grandes enseñas caerán fagocitadas por otras en esta guerra diaria por llevar tráfico de clientes a sus enormes comercios. Pero la guerra de las grandes superficies contra el pequeño comercio la ganaron los grandes. Aquí no existe aún la mafia, aunque el dinero para comprar voluntades sí que existe. Y no tiene trazas de cambiar ese esquema. Profetizamos, pues, que el modelo en el que entramos hace ya cuarenta años, y que se ha consolidado tanto, seguirá otros cuarenta años más. Serán las grandes superficies las que obliguen a la industria a elaborar aquellos productos de la forma y con la presentación que, detectan, interesa a sus clientes. De muy poco tiempo a esta parte, ha comenzado esa moda de las grandes superficies de ser ellas las que crean la moda alimentaria. Y esa forma de atraer al consumidor se consolidará y se incrementará, aunque, evidentemente, no todos los lineales pueden tener frio; pero...

Las compras por internet, la venta on-line, crecerá exponencialmente; pero, aun así, las grandes superficies, que aún no han sabido cómo responder a la amenaza de Amazon, encontrarán la forma de quitarse parte de esa posible amenaza. Seguramente, una buena parte del crecimiento de algunas producciones locales, especialmente quesos, tendrán en la venta on-line una posibilidad de incrementar sus ventas y su continuidad.

El cambio en el consumo transformará la actual industria. Hay demasiada envasadora de leche líquida, demasiado hierro, y quien mandará será el binomio gran superficie / consumidor. Así pues, muchas de las actuales fábricas de envasado dejarán de existir, aunque es más que probable que lo que se modifique sean las referencias que comercialicen y las líneas de trabajo que se pongan en las naves. La alimentación “sana” se impondrá, aunque “sano” será un término que, si no se cuida, también se degradará. Es imprescindible que no sean fundaciones particulares, grupos de prensa pagados y expertos desconocidos (y también comprados) quienes den criterio por internet sobre las bondades de sus propios productos. Deberá ser un organismo público, independiente, el que dé criterios sobre la realidad de cada alimento. Y este organismo se creará con carácter estatal. El exceso de información obligará a crear referencias con independencia y credibilidad. Internet es un vehículo tan formidable para vender realidad y humo como para que te hundan los consumidores que critican lo que creen conveniente o te llenen las tiendas por la buena imagen que, siempre, debe ligarse a la realidad.

Dado el abandono del medio rural y lo que ello está suponiendo, parece sensato pensar que la política terminará por darse cuenta de que solo mediante la creación de pequeñas empresas agroalimentarias situadas en el medio rural se podrá fijar población. La elaboración de yogures, leches, quesos y otros productos alimentarios que aprovechen e integren turismo y alimentación será un programa realizable. Lo han demostrado las bodegas, afincadas en sus viñedos, el enoturismo, etc. Existen muchos ejemplos ya en Europa y en España que serán guía para los próximos años. Quizás, al complicarse los lineales de las grandes superficies, se precisarán interproveedores más pequeños con el marchamo de “auténtico”. Si esto sucediese, las grandes empresas cambiarían la política agraria y muchas zonas de nuestro medio rural, dada la incapacidad de tanta administración para tener un mensaje y una actuación coherente, creíble y desinteresada. Podrían las grandes empresas de distribución ser la masa crítica para poder hacer política agraria. Si es posible, que lo que consumamos sea español, producido en España. España primero. Por ello, movemos a la reflexión de Mercadona (por ejemplo), que igual que ha planteado la compra de la planta portuguesa de Galia por parte de Covap para seguir con la credibilidad de “producto de España”, piense si sería conveniente generar interproveedores en el medio rural. Ya lo hace, pero aún más.

Si queremos que haya trabajo en nuestro país, hay que consumir, en lo posible, productos elaborados y obtenidos en España. Se critica a veces a Mercadona, casi siempre por temor o envidia, pero ese es el camino: consume lo de tu país. La Unión Europea está demostrando cada día que pasa que no es capaz de limar el “Italia primero”, “Bélgica primero”... y veremos el “España primero” ( dado el papanatismo anglófilo español, diremos Spain first... al tiempo).

Hace cuarenta años, hablando con un alto cargo de El Corte Inglés, y analizando la marcha futura de las grandes superficies, se hacia esta malévola pregunta “¿Y qué va a ser de mayor Mercadona?” Pues ya es mayor. Ya se puede responder. Se lo comió casi todo y no es francesa.

Y el agua. El agua dulce es, y será cada año más, un factor limitante de importancia capital. Su control debe ser exquisito en la industria láctea, en la industria alimentaria en general. Los criterios de impacto ambiental serán claves para permitir la instalación de las nuevas industrias que exigirá el consumidor. La incapacidad para fijar planes y objetivos, y que estos sean aceptados y cumplidos por quienes vengan después, es la causa de que las actuaciones tengan la provisionalidad de lo coyuntural. ¿Imaginamos qué hubiera pasado este año si no hubiera llovido? Pero llovió, y a todos se nos ha olvidado lo que ocurría en diciembre (anda que no ha tenido suerte Tejerina). Esta provisionalidad tan nuestra debe de tornarse seriedad cuando nos referimos al control y tratamiento del agua. Un trabajo para los próximos cuarenta años.

La tecnología, la permanente investigación y desarrollo, permitirá en muy pocos años reducir el tamaño de muchas líneas industriales actuales. El avance de la investigación y del trabajo de muchos grupos de ingeniería en el mundo hará de nuestras fábricas verdaderas maravillas tecnológicas. Robotizadas, limpias, excelentes, eficientes, y ofreciendo costes cada vez más bajos si no siguen subiendo la luz estos futuros gobiernos carpantas. Repito que las cosas de comer no salen por la pantalla del ordenador, y que el campo hay que sembrarlo, y las vacas deben de ordeñarse, pero la tecnología dentro del envasado y la fabricación será en cuarenta años magnífica. Quizá para entonces se haya desarrollado ya la energía de fusión, que hoy se investiga en Francia, Corea, Canadá... con capital inversor de decenas de países. Un sol de 800.000 grados mantenido por campos magnéticos. Si se culminase esta gesta de la investigación, la humanidad daría un nuevo paso de gigante y podríamos estar ante un nuevo momento de inflexión hacia el futuro.

 Hemos dado importancia a la política, porque uno de los –siempre a mi juicio– grandes dramas de nuestro país es la carencia de estadistas y de objetivos conjuntos. No ha habido objetivos, ni para nuestro sector ni para ningún otro. Vamos, en estos próximos decenios, hacia la italianización de nuestros políticos. Y el medio rural hay que mantenerlo. Las “cosas de comer” no salen aún del aire, ni saldrán de procesos químicos en el laboratorio. Y la carencia de políticas al respecto resultan lamentables y peligrosas. Y los modelos de producción ganadera deben igualmente replantearse.

Seguramente, en estos próximos cuarenta años, el nivel de expolio al que hayamos sometido a los mares, lleve a que se tengan que tomar medidas drásticas de protección contra la sobrepesca. Quizás debamos volver en cuarenta años, y con 10.000 millones de habitantes en ciernes sobre la tierra, a las proteínas animales, a pesar del crecimiento del sentimiento animalista, pero hay que fijar modelos. Está claro que un posible modelo es que sea la iniciativa privada la que empuje sus proyectos, pero las obligaciones medioambientales y el agua serán factores limitantes. Ese debate que se produce hoy sobre la conveniencia, o no, de las macrogranjas, es el comienzo. En las producciones ganaderas no ocurre como en las fábricas de cremalleras, aquí si deben controlarse algunas cuestiones desde las normativas públicas. Está claro que se elaboran matrices de impacto antes de un proyecto, y que quizás debiera ser más rápida la administración en responder a la solicitudes de aprobación de un proyecto; pero aún siendo muy liberal en lo económico, es de reconocer que en “lo de comer” hay aspectos que precisan mayor control y criterio normalizador.

Vamos a comprobar en estos próximos años el creciente poder de los grupos financieros y sus movimientos a través de menos grandes superficies y menos industrias, pero mayores en tamaño económico y en capacidad tecnológica. Pero leche, queso, cuajadas, yogures... se van a seguir vendiendo, porque son un alimento tan antiguo como genial.

Y a ILE, ¿qué decirle? Pues que muchas gracias, y a seguir batallando, que lo que viene no es fácil. Nunca lo fue, pero cada vez es más complejo todo. Eso me parece a mí. Serán los años.

Manuel Carlón La Serrana Zarzalejo Industria láctea Leche Quesos